sábado, 23 de agosto de 2008

Cremona

El hermoso teatro Cervantes se entrega a la tarea de Armando Discépolo. Cremona es una obra que narra la vida de un conventillo de principios de siglo XX, las nacionalidades migrantes son los colores de dicho espacio y todo está cruzado por una indagación ética. Cremona es un viejo tano, que se ha hecho un lugar en Buenos Aires, marinero italiano en algún momento de su vida y sobre todo ha sido un hombre en la búsqueda del bien. ¿Qué es la bondad? Mientras lo roban, lo estafan, o meramente le piden dinero prestado, Cremona predica, pide por la capacidad de sentir lástima. Le parece que es la emoción básica de donde emerge lo bueno. La palabra lástima es difícil a nuestros oidos,quizá preferimos, piedad, o mejor aún, compasión, pero lástima suena a una afrenta al ego- y es eso lo que pide Cremona. El ego de Cremona es tan sólido como el agua que pasa entre los dedos, por eso promueve que tengas poco, pues tener mucho hace al ego pesado y grande. El sufrimiento es lo que Cremona busca evitar, para él y para todos a su alrededor, sin embargo, todos sufren y bastante, la pobreza económica y espiritual de todos los personajes se asoma escena tras escena: envidia, ira, desprecio, desconfianza. De Cremona sospechan todos porque es feliz, y eso, es causa de sospecha; y de cualquier extranjero sospechan los argentinos, pues es causa de sospecha también; y de las mujeres sospechan los hombres, pues también son causa de sospecha. 
Así Cremona sólo ve una solución para generar la lástima que tanto predica, sólo encuentra una manera de transformar la mirada de los demás, transformar la mirada de desconfianza a una mirada en comunión con el otro, una mirada con deseos de ayudar al otro. Cremona se quita la vida en el agora, en el espacio público del conventillo; se inmola y así conmueve a todos y en todos siembra la sensación de que podría haber hecho más por él. 

Cremona - dirección Helena Tritek - Teatro Cervantes - Buenos Aires - estreno 

lote 77

Lote 77 una obra de teatro que desmonta el dispositivo teatral a favor de la temática: la identidad masculina. La anécdota que utilizan para contarnos sus vidas es simple y casi sin sustancia, tres hombres se encuentran en un baño, quizá imaginario, y comparten un par de minutos mientras descargan sus necesidades fisiológicas. A pesar de la banalidad de esto cada intervención va acrecentando la profundidad de esos ramplones tres minutos. Cada acción -abrir la canilla, cerrar la puerta- se va cargando con significados trascendentes, los personajes empiezan a aparecer como verdaderos, como imposibles, como uno más que anda en esta vida incomprensible. Las frustraciones de uno que fundió la empresa de papá, la angustia de otro que sigue sin trabajo a los treinta y su novia/esposa finalmente lo dejó, la miseria del otro que durmiendo en la cama de su madre fuma para morir como ella, todo esto genera un abanico del cuál el público no puede escapar: ¿qué trampa te estás fraguando? 
Como un destino inescapable cada uno, luchando por entender que es ser hombre en este mundo ataviado de prejuicios y de demandas, de sueños ajenos y de imposiciones incomprensibles, cada uno busca venderse, como carne, al mejor postor. ¿Será que es la desesperación lo que los orilla a buscar comprador? ¿Será que sólo nos compran por nuestro peso, nuestro color, nuestro precio? ¿Será que hemos sido criados y educados como vacas en una pastura, para continuar la raza sin más? 

Lote 77 - dirección Marcelo Mininno - Teatro del Abasto 

jueves, 14 de agosto de 2008

Ojos Bajos

Con un vocabulario cotidiano, de movimientos simples e incluso desganados, y con tenues voces que nos hacen aflorar voyeurs de las ejecutantes, se empieza a tramar algo, no sabemos qué pero ya se percibe. El ambiente sonoro nos recuerda la urbanidad intermitente que no cesa en nuestro peregrinar hacia ninguna parte. 
Grupos se hacen y se deshacen, corren y se miran para ir juntas al siguiente punto, es un grupo, se hacen de grupo. El vocabulario se empieza a bifurcar, por un lado la velocidad aumenta y las caminatas son trotes, pero por otro lado el contacto se torna más significado y aparece lo que las faldas de colores parecían imposibilitar: la violencia sin erotismo, sin piedad, el control del otro por la mera necesidad de control. Una a una van cediendo a la sensación de someter al otro, y de, tras mirarlo al piso, ayudarlo. La pateo, la empujo, la imposibilito, le piso una mano, la ayudo o me alejo. Y la velocidad regresa, lo vertiginoso, el juego regresa y empieza un balbuceante ir y venir, ellas, aun cuando un poco serias empiezan a relajarnos con ese bamboleo. Sin más aparece la risa, una risa real, fuerte, que nos abre, y nos contrasta con el sometimiento que empieza de nuevo. Alegría y comandos, piernas que obligan a otras piernas y torsos que se inflan y desinflan de risa. Asistimos al desfile de la humanidad, la juventud, como la madurez, no escapa de su animalidad y en ella caben todos los rasgos, el deseo, el poder y la compañía, la completud con el otro, y por eso al final, como un muro nos miran a nosotros los quietos, los voyeurs, lo que pensamos que asistimos sin perturbar, lo que acabamos de violentar y correr y mirar.

Ojos Bajos · dirección Viviana Iasparra · centro cultural de la cooperación, buenos aires · estreno