jueves, 14 de agosto de 2008

Ojos Bajos

Con un vocabulario cotidiano, de movimientos simples e incluso desganados, y con tenues voces que nos hacen aflorar voyeurs de las ejecutantes, se empieza a tramar algo, no sabemos qué pero ya se percibe. El ambiente sonoro nos recuerda la urbanidad intermitente que no cesa en nuestro peregrinar hacia ninguna parte. 
Grupos se hacen y se deshacen, corren y se miran para ir juntas al siguiente punto, es un grupo, se hacen de grupo. El vocabulario se empieza a bifurcar, por un lado la velocidad aumenta y las caminatas son trotes, pero por otro lado el contacto se torna más significado y aparece lo que las faldas de colores parecían imposibilitar: la violencia sin erotismo, sin piedad, el control del otro por la mera necesidad de control. Una a una van cediendo a la sensación de someter al otro, y de, tras mirarlo al piso, ayudarlo. La pateo, la empujo, la imposibilito, le piso una mano, la ayudo o me alejo. Y la velocidad regresa, lo vertiginoso, el juego regresa y empieza un balbuceante ir y venir, ellas, aun cuando un poco serias empiezan a relajarnos con ese bamboleo. Sin más aparece la risa, una risa real, fuerte, que nos abre, y nos contrasta con el sometimiento que empieza de nuevo. Alegría y comandos, piernas que obligan a otras piernas y torsos que se inflan y desinflan de risa. Asistimos al desfile de la humanidad, la juventud, como la madurez, no escapa de su animalidad y en ella caben todos los rasgos, el deseo, el poder y la compañía, la completud con el otro, y por eso al final, como un muro nos miran a nosotros los quietos, los voyeurs, lo que pensamos que asistimos sin perturbar, lo que acabamos de violentar y correr y mirar.

Ojos Bajos · dirección Viviana Iasparra · centro cultural de la cooperación, buenos aires · estreno

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